— Aún puedo recordar como aquella
cosa extraña me cogió de la mano, como si me conociera de toda una vida. Me
estaba esperando, suelo decir. Recuerdo como junto a ello recorrí cientos de
lugares, tanto reales como irreales. Me adentró en un mundo de criaturas
fantásticas, de personajes tenebrosos y seres que quedarán por siempre en un
rincón de mi mente. Me ha llevado tanto al pasado, sublevando a toda una
población de campesinos, como al futuro, peregrinando por tierras aún no
conocidas. Hemos fraguado destacables crímenes, he recibido algún que otro
disparo y visualizado la muerte de un ser cercano. Ligado a ello he aprendido
cosas que, posiblemente, tú, amigo mío, no sepas ni de su existencia. Y créeme,
te puede hacer llorar y reír en sólo un ínfimo intervalo de tiempo. ¿Aun así lo
quieres conocer?
Sin articular palabra alguna asintió con la cabeza.
— Pues adelante, — dijo el decrépito con
una pícara sonrisa, tendiéndole “aquello” en las manos del interesado zagal—
ábrelo. Déjate llevar por su fastuoso perfume de saber, aliméntate de cultura
y, sobre todo, incrústate en ese mundo que te hará viajar por diferentes
lugares, haciéndote protagonista de cada una de sus muchas letras. Suerte.
Sin más, apoyado en su muleta, dio media
vuelta y con pequeños pasos dejó al joven con “aquello” en la mano. Era algo
simple: una encuadernación de cuero viejo y gastado, compuesta por cientos de
páginas polvorientas, pero que, según
aquel vejestorio, que tanto odiaba, le haría vivir las hazañas más
solemnes de su vida.
Manuel G. Lora Chica.
No hay comentarios:
Publicar un comentario