La tienes enfrente de tus ojos, pero te sumerges en tales
pensamientos que no te dejan apreciar su valor. Pero está ahí, tan cerca que
puedes tocarla. Adelante, tiéndele la mano. Al fin y al cabo estás aquí gracias
a ella, y ahora te brinda el momento de entablar un nuevo rumbo, un trayecto
que atrae, sin mirar atrás y sin alzar mucho la cabeza para ver que depara el
futuro. Una pizca de “Carpe Diem” y pelillos a la mar.
¿Lo vas pillando? Es fácil.
A veces crees que te da la espalda, cuando en realidad está planificando
un presente mejor. Te cierra una puerta en toda la jeta, cegándote los ojos con
dolor, causa de esas lágrimas amargas que imposibilita ver lo que esconde su
jugada. Y así, cuando aclaras la vista lo ves. Esa pequeña y minúscula puerta,
cómplice del malestar que te invade, se ha convertido en un portón de grandes
dimensiones, esperando a que gires el pomo para ver que esconde. Abres el
portón y…
¡Voila!
Ahí estás, te estaba buscando. Yaces ahí sentada en un gran
sillón de cuero envejecido, planificando con perspicacia todas las acciones,
momentos y sensaciones que me quedan por vivir. No me importa, confío en ti.
Los malos momentos que me has dado me han servido para madurar, para ser fuerte.
Ahora, con el corazón forjado, levanto las rocas que un día me hicieron caer.
Te levantas en el sillón, te acercas y me tocas el pecho.
Has acertado, completamente. Las mariposas que tenía en el estómago han vuelto
a cobrar vida, cuando tal cosa parecía imposible. El corazón vuelve a latir con
fuerza. Este nuevo presente que me has dado me gusta. Gracias. Gracias por
darme sus besos, sus abrazos, sus caricias y esa sonrisa tímida que oculta con
rubor.
Me gusta este presente, querida planificadora. De nuevo me
has dado parte de ti, con una confianza que quizá no la merezca. Me has dado
VIDA.
Al fin y al cabo, es lo que eres.
Manuel G. Lora Chica.