Bonita mañana de resaca en la terraza de este décimo piso, tumbado en un sofá cojo y con los pies elevados en una barandilla que se mantiene inestable debido al viento de levante. La luz del sol desvela los secretos del inmenso manto acuoso que tengo delante de mis narices, la única sombra que se advierte es la provocada por los inmensos castillos de arena que crean los críos y las sombrillas fundan una secuencia de colores que hace temblar al arco iris más pigmentado que jamás haya visto. Todo es perfecto.
Una mesilla algo ladeada y torcida atesora una botella de ron medio llena, chocolate derretido por la comparecencia del calor, fresones mordidos hasta poco más de la mitad, dos copas llenas, en donde en una de ellas se encuentra mi móvil sumergido, mi cartera desordenada y una pitillera abierta que conserva el último cigarrillo inverso.
En cuanto a mí... mi mano derecha está jugando con un mechero sin piedra, el botón de mis pantalones vaqueros está roto, las gafas de sol están empañadas y mi camiseta... no sé donde está. Mi cabeza no para de retumbar y... un momento, no estoy solo.
Mi brazo izquierdo la está aguardando, protegiéndola de cualquier ente que pueda molestarla. Mi camiseta perdida ejerce de camisón y, sinceramente, le queda mejor que a mí. Su cabeza está apoyada en mi pecho, el cuál actúa de almohada, y su mano izquierda agarra con fuerza la mía. Intento respirar con cautela para no despertarla. La intención no ha servido y, por mala ventura, abre los ojos, esos ojos oscuros que enamoran al propio cupido. Me mira y sonríe. Sonrío como un bobo. Se impulsa, me roza los labios con los suyos, se levanta y vuelve a la habitación en busca de algo más cómodo que este sofá astillado. Se tumba en la cama y se acurruca, dejándome el hueco de siempre, el de al lado de la pared.
Bendita mi suerte, pienso mientras veo embobado a través de la cristalera como se adormece y empiezo a acordarme de todo...
Esta resaca no es de alcohol y mi cabeza tampoco es la que retumba. Esta resaca es de amor, y lo que retumba es mi corazón, que tiene la costumbre de latir con tanta energía cuando está a mi lado.
Sonrío y me levanto, mientras vuelvo a pensar en mi sana suerte. Busco un mechero en condiciones, me fumo el último cigarrillo, estiro el cuerpo y entro en la habitación. Me acomodo en mi hueco reservado y, acta de mi presencia, se gira hacia a mi con esa sonrisa tan encantadora. Entrecierra los ojos y se sumerge en los brazos de Morfeo.
Esto es fantástico, pienso. La miro, cierro los ojos, sin borrar la sonrisa, y... Touché.